3 may. 2013

voto...

http://www.alternativateatral.com/ctt2012-2397-las-bridas

10 jun. 2010

parte mundialista...


como verá querido lector,
he debido ausentame un tiempo de estas cálidas diatribas por motivos del más variado surtido, entre las que no se encuentran debilidades de salud.
a pesar de mi llamativa propuesta mundialista, paso a informar:
  1. que no prosperó ningún plan posible con sujetos periféricos a mi círculo más íntimo.
  2. que desistí al plan familiar por notar que a nadie le interesaba ni el fanatismo por el fútbol ni la extravangancia del mundial, y que preferían utilizar el primer partido como pretexto para que yo cocinara pizzas.
  3. que nobleza obliga y que hago rancho aparte con mis amigas. que si bien, salvo una que ya se ha ganado el mote de la "fundamentalista del mundial", las restantes vendrán más seducidas por el pijama party que arranca la noche anterior y por las exquisiteces pedidas por encargo al mejor lugar de desayunos de esta ciudad, que por el frenesí mundialista.
y usté amigo habitué de la casa, qué planes tiene para el arranque de la selección....

16 may. 2010

Se busca gentilhombre para Mundial


Así las cosas. La tempestad diaria de las corridas infinitas por la falta de tiempo no aminorará mi marcha. Debo confesar que desde hace unos tres años, el fútbol y la televisión han perdido interés en mi vida. Simplemente dejaron de existir.

Peeeero, un mundial es otra cosa.

Ya que un novio impone mucho tiempo disponible, confianza, entrega y frenesí, y ya que ando en una etapa de piernas veloces, lo único que estoy buscando es un caballero que pueda de buen grado deponer la cita con sus amigos y:

• vea de buen grado compartir los partidos del mundial junto a la compañía de una muchachita que alguna vez fue una apasionada por el fútbol.

Se ofrece:

• Silencio absoluto en los momentos finales de la definición.

• Movimientos efímeros que nunca compliquen la visión de la pantalla.

• Buenos comentarios durante el partido, con estudios previos por parte de quién escribe de jugadores de ambos equipos, incluso, alguna incursión de chistes breves que no capturen demasiado la atención.

• No atender llamados durante los 90 minutos.

• Suprimir al mínimo los comentarios de moda, estilo, peinado y músculos de los jugadores.

Yo se que en ciertas condiciones, la desmesura de mis pedidos puede ser causal directa del fracaso. Y también se que preferir compartir el mundial con una señorita en lugar de la panzada con los amigos es casi un despropósito….

Aún así, las citas obligadas serían:


Partido Fecha - Hora
Sábado
12/06 16:00
Argentina
Nigeria

Jueves
17/06 13:30
Argentina
República de Corea

Martes
22/06 20:30
Grecia
Argentina

Se que es casi un pedido deshonesto, pero de lo contrario qué me queda… ¿compartirlo con mis amigas? Entre pintadas de uñas, comentarios infelices en relación al reglamento futbolístico: qué por qué se cobra corner, que por qué la amarilla, qué si no ganamos este partido qué pasa, que qué bueno que está Drogba…

Nooooooooooooooooooooooooooooooooo….

Por favor, ¡exijo que alguien tuerza este destino irreversible!

2 may. 2010

Hombre Perro II


Síntesis del post anterior: Resulta que una vez yo cumplí años, eran épocas en las que se me daba por festejar a lo grande. Hice una kermesse, con unos juegos que en ese entonces me parecían una divinura. Entre los invitados, un colorado anónimo me dio charla durante toda la noche. Cuando aparecimos en su habitación, yo quise decir algo así “¿el baño?” (y no, no es que confundiera su habitación con el baño, es que lo mío era urgente) pero en lugar de eso una llamarada espesa de morrones, cebollas, muzzarella y mucho fernet, salió de mi boca como una estampida. Me dijo que me llevaría a mi casa. Fuimos. Subimos. Yo tenía el cerebro en piloto automático, el cuerpo, en punto muerto. Esa noche nada más pasó. Lo saludé y me dormí.
Cierto día, el niño perro decidió volver… yo no le había dado mi teléfono, ni mi mail, él apenas recordaba la puerta del edificio....

Una amiga de aquellas épocas, luego de una trifulca familiar, se había quedado a vivir en casa. Cierta vez yo volvía del gimnasio (épocas en las que iba al gimnasio) sudada y con mis peores ropas llegué a casa, para mi sorpresa, de espaldas, leyendo en su notebook, la que sería su futura novela, el hombre perro, whisky en mano, me saludaría con la naturalidad del local.

Mi amiga adicionó:  tocó el timbre, lo hice pasar.

Ante lo dado es difícil retroceder en el tiempo y pensar, hice lo único que estaba a mi alcance: darme un baño.

Al salir, me esperaba la mesa servida, la comida humeante, y dos que compartían los secretos de la comida que juntos habían elaborado.

Si, ellos eran lo más parecido a amigos circunstanciales, como esos que uno va arremolinando cuando anda mucho tiempo de viaje.

La noche siguió entre relatos de alto contenido humano, de mi incomodidad inicial, de la sensación de invasión extrañada a la aceptación de entender que la vida guarda tanto de azar como de embestida.

También hablamos de la Ciccolina y de sus gustos zoofílicos, de las experiencias con caballos, con burros y con perros.

Mi amiga se retiró a dormir, continuamos la charla de a dos. El Hombre Perro asumió que su fealdad se compensaba con su exquisito saber general, su memoria gigantesca, sus grandes narraciones, sus buenas dotes de escritor. También dijo que la primera vez con alguien era única, descubrir el placer de recorrer un cuerpo desconocido, sabores y sensaciones, que la primera vez con otro era un suceso imborrable, que la clave estaba en pasarla bien, relajarse para entregarse a fondo…

Me convenció, un poco porque sospechaba que esta vez me costaría pedirle que se fuera, otro poco porque tenía sueño, y otro por curiosidad, qué va…

Unos besos tímidos oficiaron de arranque, luego, en la habitación, él no tuvo mejor ocurrencia que jugar a Tarzán el musculoso. Me alzó contra el placard, quedé sentada en las alturas con tan mala suerte que una de las perillitas de la puerta se acomodó con violencia entre mi cuarta y quinta vértebra. Grité a puro dolor. Él me giró con torpeza y me arrojó en la cama, con tan poca pericia que mi cuello dio de lleno en el filo. Otro grito desconsolado. Lo miré, quise que mi mirada le recordara aquello de la importancia de la primera vez, que la clave estaba en pasarla bien, en relajarse para entregarse a fondo…

Y ahí, los ojos del hombre perro se inyectaron de placer, arrancó una secuencia digna de porno vernáculo. El Hombre Perro entraba y salía, uno dos, uno dos, uno dos, con expresiones del tipo: ahhh, si, así, ahhh, si, así, ahhh, si, así, yo intenté hacer contacto visual, hasta que su autismo canino, me hizo abandonar toda tarea, sólo quería que concluyera y que se fuera. Y finalmente dormir.

Sus sonidos guturales fueron en aumento, indescifrables, escandalosos. Hacia el final, un aullido demoledor en mi oído derecho dio fin a su tarea. Un aullido de perro en celo, de chancho en llamas.

Bajó de la cama, en cuatro patas, comenzó a respirar. Intentaba bajar la velocidad de su respiración. Sí, en cuatro patas. Yo lo miraba con cara de nada, pero por dentro quería reírme un buen rato en soledad sin animales a la vista.

Volvió a la cama, me abrazó, qué linda sos, me dijo. Me dijo: ¿te gustó? Quise decir: ¡pufff! Pero mi cara fue más que elocuente, volvió a abrazarme, cruzó sus patas por mi cintura y comenzó a roncar.

Yo pensaba en esa película de damier, en la que el tipo toca un botón y la tipa cae como por un túnel. Sí, eso necesitaba, no verlo más, hacerlo desaparecer por arte de magia.

A la mañana, lo fui rápido. Cuando subí a mi habitación entre las sábanas encontré una cadenita de eslabones gruesos, con una chapita rectangular con su nombre.

Quise decir: ¡guau! Pero ya era demasiado….


23 abr. 2010

El hombre perro

Como todos suponemos un hombre perro no existe en lo concreto, pero si existe en los peores recuerdos de quien escribe.

Resulta que una vez yo cumplí años, eran épocas en las que se me daba por festejar a lo grande. Hice una kermesse, con unos juegos que en ese entonces me parecían una divinura. Ya sé que el paso del tiempo traduce ciertos hechos lamentables en comedidos, pero lo que es a mí, los juegos me gustan mucho, antes y ahora. Por ejemplo, había una tabla de planchar, con muchos soldaditos en hilera, y en fila, y a una distancia prudencial, había que disparar con una pistolita dardos en forma de sopapa y derribar la mayor cantidad de soldaditos. Fue un éxito, el ganador se llevó premio. Los premios eran baratijas compradas en Once, del tipo: un cisne transparente con un líquido en el que se movían unas monedas doradas, su función principal: detener libros. También habo un “adivine la melodía”, divididos en dos grupos, los invitados debían hacer sonar una corneta cuando descubrieran nombre, autor y cantante del tema en cuestión. Un fiasco. Hablaban a la vez, no se escuchaban bien los temas que mal editados en cassette, daban un aspecto lamentable a todo el cumpleaños.

También hubo pizza amasada de varios gustos y fernet-cola.

Entre los invitados, un colorado anónimo me dio charla durante toda la noche. Teníamos mucha vida en común, estudios, profesores, lugares de la infancia, lecturas. Lo digo una vez sola: él nunca me gustó. Peeeero, era tan divertido e inteligente (de niño había sido prodigio, con premios y bilingüe) que mi corazón de niña boba lo adoptó en sus brazos sin más.

De mi casa partimos todos a una fiesta, el alcohol en sangre suele ser el paso obligado de cualquier jovencita dispuesta a pasarla bien (o mal...) Y así fue. Por partida doble. Completamente irreversible, fernet hasta en las uñas de los pies…

Debo confesar que fuimos a su casa; él era hermano de un conocido (menos por mí) periodista de rock. Así que los cuatro, incluída la novia tonta del hermano, seguimos la noche escuchando música, recuerdo lo del rock británico, anécdotas de músicos y groupies, que el tiempo y la distancia se encargaron de borrar.

Cuando aparecimos en su habitación, yo quise decir algo así “¿el baño?” (y no, no es que confundiera su habitación con el baño, es que lo mío era urgente) pero en lugar de eso una llamarada espesa de morrones, cebollas, muzzarella y mucho fernet, salió de mi boca como una estampida. Él me abrazó, después me confesó que nada lo fastidiaría más que limpiar la alfombra recién instalada. Cuestión, me desfondé por boca. En su remera, en su pantalón, en síntesis, todo él quedó embebido en una sustancia fermentada y olorosa.

Me llevó al baño, aferrada al inodoro entre risas, (porque en las situaciones de incomodidad extrema a mi se me da por reir) lo ví por primera vez desnudo.

Me dijo que me llevaría a mi casa. Fuimos. Subimos. Yo tenía el cerebro en piloto automático, el cuerpo, en punto muerto.

Intentaba abrir la puerta de mi casa pero no lo conseguía. Él dijo una frase que nunca olvidaré: “¿estás segura que esta es tu casa?”, al tiempo que una pareja de ancianos abría la puerta. Eran los vecinos del 6to C, y yo vivía en 7mo C. Él me alzó al hombro y subimos por la escalera el piso restante. Esta acción con el tiempo, me pareció pura hipérbole, ¿por qué no subir el piso por ascensor?

Esa noche nada más pasó.

Lo saludé y me dormí.

Cierto día, el niño perro decidió volver… yo no le había dado mi teléfono, ni mi mail, él apenas recordaba la puerta del edificio....

(to be continued)


15 abr. 2010

Elige tu propia aventura

Cuando tengo ciertos días de empale y inquietud, además de encontrar en los amigos la posibilidad del cambio, a mi me gusta leer. Hay que saber elegir qué leer y dejarse llevar ya no por la pequeña minucia personal sino por el deseo de encontrar en la lectura lo que otros han metamorfoseado en papel y tinta.

Y no exigirse más. Leer para dejarse llevar a la realidad paralela que cifra ficción. Que nunca es una mentira. La ficción es otra realidad… Leer para hacer la plancha en el aire…

Hoy volví a leer este esto:

Ser o no ser, ésta es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darles fin con atrevida resistencia?

Me gusta pensar que como Hamlet otros tuvieron que decidir, que otros como él, tuvieron que hacer o dejarla pasar. Que la vida no está en los polos sino en la tensión que generan las contradicciones.

¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios? Cuando el que esto sufre, pudiera procurar su quietud con sólo un puñal. ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan; antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos.

Saltar o no saltar…
Elegir es habitar el abismo. Desnudarse para asumir la propia vida. Despojarse de lo que sobra, lanzarse a lo desconocido antes de caer en el destino determinista del tiempo. El abismo siempre está presente. Elegir es arrojarse con valentía al deseo.

Bonus Track

“Hubo un famoso actor Kabuki, muerto hace cincuenta años, que dijo: No puedo enseñarte la forma que indica “mira la luna”. Puedo enseñarte el movimiento a realizar con la punta del dedo con el cual señalas hacia el cielo. Desde la punta de tu dedo hasta la luna es tu propia responsabilidad.”

Yoshi Oida

7 abr. 2010

El jogui

Cierta noche de verano, un poco resfriada, decidí no salir de casa. Y entre las olvidables actividades de esa noche, me dije que yo también podría algún día chatear con un desconocido. Así lo hice. Conocí, esa misma noche de arrebato al jogui. El jogui propuso un juego sorprendente compartir la lectura de Las Once Mil Vergas, de Guillaume Apollinaire. Luego, haríamos un intento de escritura erótica. Así el chat se prolongó durante dos horas…

Más tarde dijo que quería conocer mi voz, a la media hora estábamos hablando por teléfono. El azar nos demostró que compartíamos actividades muy parecidas, así que la charla surcaba por caminos familiares a los dos. Entramos en una especie de fascinación. Para mí era todo tan nuevo que a pesar del deseo mutuo, yo intentaba conservar la calma, la prudencia o el decoro. El insistió en vernos, yo no quería derribar su plan pero venía todo tan cuesta arriba que preferí que las aguas se tornaran más calmas. Esa noche, habíamos hablado hasta las siete de la mañana. Él me contó un cuento, así, con su voz, me fui quedando dormida.
día D
Habíamos dicho que yo pondría el despertador, que a las dos horas del encuentro cuando sonara la alarma, decidíamos si seguíamos o nos despedíamos. Finalmente, él llegó, entre videos, citas de libros, él incluso me leyó una nota que había publicado en una revista, helado que él había traído y charla y más charla, la alarma sonó. Nos miramos y dijimos que podíamos continuar. La charla seguiría en pie unas tres horas más. Él hablaba mucho de la energía, del contacto de los cuerpos, de chamanes, de sus retiros de ayahuasca, de la importancia de la respiración en el sexo. Yo ya empezaba a sospechar que si lo suyo era lo que vulgarmente llamamos “pedo místico”, yo me iría a dormir rápidamente, sin mediar simpatía. Pero, a la vez, hablaba de un modo que invitaba a pensar que lo suyo en materia sexual podría ser lo más parecido al tantra, entonces, me abismé a intentar.

Pero, no, fue más de los mismo, incluso cuando en la previa, que fue lo mejor, nos degustamos en helado.
Hablamos un par de veces más. Y se terminó el amor.
día 2
Un día me lo encuentro por la calle, me abraza con el afecto insoportable de Indra Devi, yo estaba espléndida porque me había enamorado de otro, él me dice: siempre pienso en vos el me dice (sic) lo nuestro no pudo ser porque eras la persona más parecida al amor de mi vida, a veces hay que hacer espacio en el cuerpo para que otra persona pueda ingresar, yo estoy todavía habitado por ella, y no quiero verte como alguien más, me gustaría darte el lugar que tuviste para mí, pero ahora no puede ser…. Me vuelve a abrazar, me mira como una rata hechizada con la melodía de la flauta Hammelin. Fuiste muy fuerte para mí, dice entre el ruido eléctrico de las bocinas de los colectivos.
día 3
Otro día, casi un año después, me habla por el msn, yo lo había eliminado hacía tiempo, me habla y no lo reconozco, dale , no te hagas la despistada, dice, entonces, no debes tener la misma opinión de lo compartido, quería decirte que la pasé muy bien con vos, quería agradecerte, dice

y che, (siempre este tipo de pausas suponen un plan o una promesa de encuentro, o algo hermoso por decir)

te deseo un buen 2010 para tus proyectos.

1 abr. 2010

Suelta de tanga

1. Todos pensamos que la ópera es para un público restringido. Salvo que algunas veces las experiencias nos arrasan y nos damos cuenta que hay que ver para creer. Ayer a la noche, por causas de extraño azar, después de algunos meses de no ver nada de televisión, encontramos con la amiga Mirta en Liniers en Art Files los documentales que presenta Film&Arts, vimos Flashmob: The Opera. Luego embriagadas por una sensación inexpresable nos pusimos a googlear lo que habíamos visto y encontramos poco y nada pero este blog http://operadesdehoy.blogspot.com/ nos ayudó a completar la experiencia vivida:

“En Art Files los documentales que presenta Film&Arts, ofrecieron Flashmob: The Opera. A partir de una convocatoria por mensajes de texto a una estación de tren concurrida en Londres (Paddington). Con la presencia de una orquesta, y dos coros, uno de la policía y otro de un club de futbol. La historia mínima a partir de una pelea entre una pareja de novios, a raíz de que él olvida una cita con ella por su fanatismo con el futbol, ella se enoja y se va a la casa de la madre, en la estación la intercepta un don juan ocasional que la hace dudar, pero el novio logrará rescatarla cantándole Nessun dorma esta vez en el original italiano porque los demás fragmentos de Verdi y Mozart entre otros, los cantan en inglés. El novio es un joven tenor con aspecto de concurrir al gimnasio y se lo ve en el subte como uno más, con la diferencia que canta y, bien, después cantarán en la estación que es el gran espacio público donde se desarrolla este evento. … lo que hay es un divulgación del mundo de la ópera en medio del aquí y ahora cotidiano, mezclando -incluso- el futbol con la ópera. Es una producción de la BBC y no deja de ser asombroso que estas campañas se hagan en Inglaterra que no es precisamente la cuna de la ópera como Italia o que haya tenido tan grandes compositores y en cantidad como Alemania y los países eslavos. Esto es lo que falta en nuestro país, incluso en Buenos Aires donde la ópera no está en la agenda de los políticos, pero tampoco en la televisión, ni tampoco diría en las discusiones del campo intelectual, aunque algunos de ellos sean -individualmente- buenos aficionados.”


2. Por otra parte, este blog cumple su tercer mes de vida, y como ya es tradición dedicaremos este post a los comentaristas que le pusieron garra, a los seguidores nuevos que peregrinamente se sumaron, a los nuevos visitantes y a los de siempre. A los ganadores, nuestro primer regalo:

1. primer puesto: ganador absoluto: Ménage a trois, con 45 comentarios!
2. segundo puesto: Electra, con 20 comentarios.
3. tercer puesto: mención compartida por: Dondeló, DeVezEnCuando, Paul Maril.

para estas pascuas, ¡suelta de tanga para todos!

Autor de la foto: Electra.


28 mar. 2010

Mentiras Verdaderas


Ayer fui a la ópera. Entre camarines, una hora antes de la función, gente con unos trajes portentosos, pestañas postizas, bucles de confección, tacones, canas del Billiken, barbas soldadas con plasticola.

En la obra había músicos, bailarinas y cantantes. En el revuelo de la previa, entre piernas enderezadas por arriba de las orejas, voces en calentamiento, y movimientos de partituras pasadas con saliva, estaba yo, testigo silencioso de una extraña evidencia. ¿Qué los lleva a estos tipos a tramar tamaña empresa?

Fui una hora antes, para llegar a tiempo sin pagar entrada, y no es que yo sea de las que disfrutan especulando con razones de incierta procedencia, no, no tenía plata.

De hecho, si algo aprendí de mis nuevos días de pobreza, es eso. Mirar unos segundos al vigía que intentará evitar por todos los medios mi entrada, descubrir en sus gestos adustos las pistas de mi pase final. Estar alerta y no dejar tiempo muerto para las sospechas. Soy fotógrafa, dije, mientras el tipo hablaba por teléfono sin poder evitar mi irrupción. El alivio duró hasta la segunda fase, en donde un ser de dudosa naturaleza  interceptó mi bajada a camarines. Nunca hay que dudar. Sabemos que a la gente le gusta la pasta del campeón. Repetí la mentira, pero el tipo con dotes de bataclana, extendió su brazo, configurando una valla infranqueable. Agregué, estoy llegando tarde, la sesión era a las 19 hs. Elevé su brazo, su boca se abrió como un paréntesis vacío, y pasé, sin darle tiempo a refunfuñar nada.

Y es por eso que pensé, que una mentira verdadera es justamente la que encierra en su causa la verdad, con medios poco respetables.

A usted, lector, le pregunto ¿cuál es su mentira verdadera digna de ser contada?

21 mar. 2010

Boby - El violinista que dejó la música de cámara y puso un pelotero.Vol. III

Boby, había confesado su pasión por la música clásica, su paso por algunas notables orquestas de la ciudad, su especialidad: el violín. Boby estaba en una época de cambios, de borrón y cuenta nueva, había dejado el violín, había asumido que el violín se tocaba bien o no se tocaba. Había confesado que él era malo, que ya no podía, que ahora iba a intentar olvidarlo, apagarlo. Fade out del violín y punto. Yo intenté en vano, volverlo a sus fuentes, que el violín mal tocado en chacareras podía andar. Detesto la chacarera – dijo, y supuse que la cosa iba más lejos.
Me dijo que le gustaba mi voz, mi sonrisa y que quería conocerme. La lista era modesta, pero pensé que con un poco de charla podíamos encontrar algo más en común que mereciera un futuro encuentro.
Durante esa semana, Boby llamó a casa varias veces, su humor a secas, su seriedad, su sensatez, también su insistencia, pusieron fecha a la cita esperada. Yo, estaba en una época de apertura pero a la vez, de poca paciencia. Entonces supuse que conocer a Boby encajaba en el plan B, que el plan A bien podría ser ver una película que yo quisiera. Aceptó.
Mi cultura mercenaria iría más lejos aún. Mi amiga Mirta en Liniers se sumó a la salida, sin que él lo supiera. Así que fuimos con Mirta al cine, yo sacaría las entradas y lo esperaría, el llegaría sobre la hora porque vendría con el tiempo justo de trabajar.
Con Mirta, y las tres entradas en la mano, intentamos hacer foco en algunos de los presentes, que como nosotras esperaban en la puerta del cine. Un gordo pelado y sudado. Un alto delgadísimo, vestido como para una fiesta de quince en 1987. Un anciano, plegado sobre su eje con bastón. Un Pappo de cuarenta largos, tintura recién echa y campera de Kiss. Los cuatro, celular en mano. El futuro era descorazonador. Afortunadamente Boby me llama y anuncia su llegada en diez minutos. Mirta dice que por nada del mundo se perderá las publicidades o los avances de otras películas. Subimos a la sala. Mirta entra y se sienta varios asientos adelante. Yo espero al lado de la chica que corta las entradas. Pasan unos intensos diez minutos… Boby avanza con pasos raudos, me da un beso. La decepción ahoga mi sonrisa, pero evito ser ingrata, le doy charla, nos sentamos. Comienza la película. Entre sombras Mirta gira la cabeza y mira al tipo en cuestión. Eleva su pulgar. Lo aprueba. Yo deseo con fuerzas que la película aumente mis ganas, descendidas a cero.
La película dura dos horas, es francesa, y puro diálogo. Mala elección. Dos horas en silencio con un desconocido. Sin palabras que medien el encuentro. Salimos. Yo quiero tocar algún botón y hacer la Gran Houdini. Pero pienso en eso de la ingratitud y me la banco.
Salimos, Mirta se acerca y nos saluda. No está sola, está con mi otra gran amiga Lou Lou, que la vino a buscarla a la salida. Presentación, Lou Lou, Mirta, él es Boby. Lou Lou, dice algo así “la noche no está tan mal” código interno en clara alusión a Boby. Boby ausente busca el botón, es él ahora quien quiere desaparecer en la inmensidad de la noche.
Las chicas se van de tragos a un bar. Las veo alejarse. Me iría con ellas. Pero pienso darle a Boby otra oportunidad. Le cuento que a diez cuadras hay un bar bonito en el que un pianista toca jazz. O que podemos ir a la confitería esa de la esquina del cine, que es fea como cualquier confitería del montón. Prefiere la opción dos, yo ya veo que la decepción es compartida y me alivio.
Entramos, supongo que un poco de alcohol podrá liberar tensiones. Le doy dos horas de changüí.
Se acerca el mozo, él pide un exprimido y un tostado, a la una de la madrugada. Yo me pido una cerveza grande, para que vea que en ciertos momentos, el exprimido es un juego de niños.
El quiere saber más de mí. Estamos en Caballito, en el barrio de toda mi vida. Entonces le cuento mis mejores historias de infancia y también algunas mariconadas de adolescente. El me dice cosas bonitas. Mi cerveza va desapareciendo, la hora está llegando a su fin. El intenta un último envión, cuenta su vida. Que de violinista de filamónica ahora está en vías de cambio. Que su malestar con el violín no tiene límites, que dejarlo en un rincón, borrarlo de la memoria es lo que queda. Que ahora viendo las vetas comerciales de su sala de ensayo se pondrá un pelotero. Que los niños no son lo suyo, pero que la decisión está tomada. Elevo mi último sorbo de cerveza para ahogar los dos o tres bostezos que no quiero evidenciar. Le digo que me tengo que ir, que al otro día debo levantarme al alba. Salimos, ante su mirada de estupor, la lluvia comienza a largar sus primeras gotas. A veces cómo es la naturaleza, ¿no?, que se empeña en demostrarnos que está presente, pienso. Boby intenta nuevos piropos, creo que asume que la batalla está perdida. Yo paro el primer taxi que se acerca. Me dice que no me vaya sola que me acompaña hasta la puerta de casa. No, yo no quiero escenas en la puerta. Quiero suprimir la despedida, perderme en la noche y olvidar a tiempo.
Subo al taxi. La lluvia comienza a caer con ganas. En plenas vacaciones, una lluvia fuerte de verano…Boby, con la lluvia rodando por su impecable atuendo, abre los brazos, en señal de pregunta. Le indico al taxista la dirección, no puedo verlo más así. Boby me da una pena infinita. Pero no puedo hacer otra cosa. A veces, es lo que hay. El semáforo corta justo cuando el taxista intenta acelerar. Nos quedamos así: Boby, en la lluvia impasible, gotas que caen sobre esa roca caliente, pienso. Boby, abandonado, el auto que acelera. Y ahí sin mediar más empiezan los acordes de la canción...



Gracias a Ménage, que me indicó las artes necesarias para subir el video.
Gracias Dondeló, que insistió con sus votos para que esta lamentable historia salga a la luz.
Dedicado a Mariano, quién bajó el telón de un blog que amaba.

15 mar. 2010

Tú eres Héctor...

Habíamos ido al cine a ver un documental con mi amigo N. Una película del poeta Néstor Perlongher. Su vida, su militancia en el Frente de Liberación Homosexual, su obra. La película se está pasando en estos días en el Malba, se llama Rosa Patria, dirigida por Santiago Loza.
Me gustó la película por su tono de humor, por su simpleza, por su dolor sin golpes bajos.

Al salir, intentamos alejarnos lo más posible de esa zona de burguesía y familias patricias, sin éxito. La caminata selló su destino en la calle Santa Fé. Entramos a un bolichito de comida regional, pedimos empanadas y cerveza, sí, N hubiera preferido vino, que combina mejor con las empanadas y cosas por el estilo, pero aceptó sin reparos en tomar cerveza. En esas, se acerca un señor, el mozo, estableciendo la rutina repetida de todos los mozos, “¿van a pedir?” “buenas noches, ¿ya saben qué van a pedir?” “¿les traigo la carta?… N, sugirió eso de pedir empanadas. Yo hubiera elegido mirar la carta, pero ciertas concesiones con los amigos se agradecen, así que acepté sin censuras su sugerencia. Al mirar al mozo, como un chorro de soda, se me escapa un “¡usté es el de la foto de Marcos López!” con la felicidad instantánea de una sonrisa indestructible, experimenté un impulso devorador por saberlo todo. El señor, Héctor, sonrió también. Tal vez se sintiese halagado por esa pequeña fama que debe de haber experimentado en el bodegón., con otros como yo, que entre locros y tamales, encontraban el eslabón perdido. Sí, me volví abusiva, le pregunté todo, hasta que decididas, las empanadas nos devolvieron a la intimidad de a dos, mi amigo N y yo.
Supuse que Héctor respiraría aliviado, que volvería a la práctica, al frotado de vasos, al servicio con los pocos comensales de las otras mesas que no advertían que él era él. Pero no, Héctor estaba dispuesto a más, me tocó el hombro, con reservas y mucho respeto y me llevó a pasitos de mi mesa, en dónde estaba colgada en tamaño póster de películas, esa foto de la hablábamos, con reseñas de diarios y revistas. Un pequeño santuario que le recordaba una y otra vez, que él era Héctor, el de la foto de Marcos López. Después nos acercó a N y a mí, dos bonitos catálogos, gentileza del fotógrafo, para que degustáramos de más o para que las empanadas fueran buscando una plácida redención al calor de las fotos.

Al salir, N comenzó a describir algo que nunca alcancé a escuchar. Yo estaba lejos, en el recuerdo de la foto, en la coincidencia de que Marcos López se cruzara por tercera vez en mi vida a través de su obra. Entoces, una imagen clarita me toma por asalto, el capítulo – El sustituto – en el que Lisa Simpson enamorada de su maestro suplente decide invitarlo a cenar a su casa. Pero la señorita Hoover regresa a su curso anunciando con su aparición el fin de las clases del maestro. Lisa no pierde su afán por buscar a su maestro por todos lados, y descubre que el tipo dejaría la ciudad en tren. Cuando llega a la estación, se encuentra con él, le dice que estará perdida sin su compañía. Entonces el buen sensei, Bergstrom, toma una hoja de papel y le escribe a Lisa una nota de aliento, un mantra para los días sin sol. Cuando el tren se pierde lejos, Lisa lee: "Tú eres Lisa Simpson".

9 mar. 2010

¿Acaso sueñan las mujeres chiquitas con hombres gigantes?

¿No te dabas cuenta que era una provocación?

Cierta noche de verano, una amiga que ya no lo es, me invitó a una fiesta. En la fiesta ella conocía a dos o tres, y se escurrió entre risas conocidas, en la espesura de la noche. Yo, quedé ahí, conmovida por el ruido entre caras anónimas, sin nada que hacer. Pensé en esfumarme, en salir de raje de ese lugar. Pero la sed pudo más y me quedé. A veces, una circunstancia menor, releva los planes de un escapista confeso. A mi me pasa así. De pronto mi aparente estatismo silencioso, se transformó en acción. Un tipo hablaba de las tejas que quedan muy lindas en esos tipos de techo, que reemplazarlas, conseguirlas igualitas era tan difícil como sacarse la grande. Que de todos modos, las ausentes serían reemplazas, que no, que no valdría la pena llamar a un arquitecto. Que incluso en la terraza, la membrana estaba de maravillas. El tipo, en la cocina, señalaba con precisión los arreglos futuros de la casa. Yo, después de ver en la mesada duraznos,  una licuadora y un ron, le pregunté si podía preparar daikiris.

Para eso están. – dijo.

Me sentía mejor. Tenía algo que hacer mientras esperaba el retorno de mi amiga.

Un poco así como Marx decía que el hombre se realiza en el trabajo. Un poco así me empecé a sentir cuando los que entraban en la cocina se anotaban en la lista de futuros daikiris, cuando me preguntaban por las cervezas, los vasos, el baño. Un pequeño arsenal de saber que había amontonado mientras pelaba las frutas… mientras echaba el hielo, el azúcar, y la medida a ojo del ron.

De la primera tanda, no pude separar un vaso para mí, entonces me vi forzada con cierto agrado a repetir la tarea. Si, lo hice otra vez. Pero el cuchillo había cambiado de manos. Un nosequién altísimo se había sumado a pelar.

Me gustan las mujeres que hacen y callan. – dijo.

Me pareció un idiota más, lo di por muerto y fui a buscar más hielo. Al regresar, el tipo alto había pelado las frutas, había echado el ron y el azúcar. Faltaban los hielos y los sumé.

La mujer en la cocina, chiquitita, callada, qué placer...- dijo.
Mi mirada evitó cualquier comentario. El tipo alto sirvió varios vasos, separó dos, y se fue a repartir los restantes a los que bailaban en el patio. Ahí, ni antes ni después advertí, en ese gesto solícito de servir a los demás, que tal vez y a pesar de sus dichos, tenía algo que me gustaba.

Al volver, tomó los dos vasos que había separado, me miró, y sonrió con una sonrisa de soborno.

Vení, piba, vamos a la terraza ...– dijo, mientras esperaba una respuesta positiva de mi parte.

Lo seguí, un poco incómoda o confundida. Vi sus piernas largas subir de dos en dos la escalera a caracol, vi su nuca pelada, sus brazos lánguidos, la inmensidad de sus dedos abrazando los vasos.

En la terraza no había nadie. Nos sentamos, por sugerencia de él, en un techito de chapa y también por sugerencia de él, brindamos.

¿No te dabas cuenta que era una provocación? – dijo, después de probar el daikiri y pasarse la mano por la pera.

Advertí el juego. Me reí.

Después me contó que había nacido en Mendoza, que había estudiado en Córdoba y que desde hacía siete años había adoptado a Buenos Aires como ciudad para vivir.

Y después ... entre cigarrillos que él me ofrecía, miramos el cielo, y empecé a conocer los recorridos de su vocación. Me habló de las estrellas, señaló las constelaciones que se veían desde nuestro hemisferio, y de Galileo, Copérnico, de tal y tal, y mientras el cielo reservado, era nuestra mejor compañía.

Mi amiga subió a la terraza.

No te encontraba por ningún lado... - dijo, pero no a mi, sino a él. Comprendí que estábamos en esa fiesta por él. Que mi amiga quería con él.

¡Vamos!  – dijo, esta vez a los dos.

Entendí que debía descontar mi presencia de ahí. Bajé a buscar mis cosas. Al verme, unos que aplaudíeron, pedían más daikiris.

La chica del daikiri. – dijo alguien.

El hombre alto me siguió, me dijo que podíamos ir a su casa, a desayunar o a dar vueltas por ahí hasta que amaneciera. También a patear tachos.

Mi amiga nos asignó un lugar a cada uno en su auto. A mi me mandó atrás con otros dos a los que yo no conocía, a él lo sentó a su lado. Yo fui la primera en bajar. Saludé y me metí en mi casa. Otra vez, alguien que me gustaba se escurría de mi vista.

Tal vez esa fue la razón de más peso a la hora de distanciarnos mi amiga y yo. Y no tanto que ella no escuchaba o que era lo más parecido a una oligofrénica. Ella tenía con la gente ciertos títulos de propiedad y a pesar del trabajo acumulado entre frutas peladas y provocaciones, de la charla y las estrellas, el tipo alto era de ella. Y punto.

En esa época yo aún miraba tele. Al acostarme la encendí, y si hasta ahí la noche no tenía el mejor epílogo. Lo tuvo después, cuando en I-Sat encontré por desliz Buffalo 66. Esa fue la primera noche que la ví.

5 mar. 2010

Haciendo dedo...

De las inconfesables “actividades” que hacíamos con XM para darnos a la buena vida. (Conste que XM siempre fue así.) Una vez, ella se anotó en un montón de cursos de recreación para secretarias. Cursos Gratis. La idea en aquellos tiempos era esa, compartir más tiempo juntas haciendo algo placentero después del horario laboral.

Nos habíamos conocido en el trabajo. Ella era la del edificio de oficinas y yo la chica que hacía tal cosa en el local. Ella siempre fue muy atractiva y graciosa y además le ponía un empeño extraordinario a nuestra incipiente amistad. Yo, atravesaba una época de colección de amigas, así que una más o menos, no hacía a la diferencia. Pero ella insistió, debo admitirlo, y después de varios de sus chistes y de compartir las desventuras de los novios de entonces, nos hicimos muy amigas. Tan amigas que, cuando yo me tuve que ir de la casa en la que vivía, ella y Electra me recibieron en la suya. De ahí Electra, XM y yo en la casa blanca y luego, otra vez el dream team completo en la casa con avistamiento de ratones.

Una vez, XM nos anotó en un curso gratuito de ocho clases de danza árabe. Sí. Danza Árabe. Fuimos. Xm, prefería ocupar los lugares del fondo, adelante las avanzadas, en el medio, las intermedias. Tampoco eran tan sencillos esos movimientos de cadera, y sí, en la mitad de la clase, nos rajábamos unas risas bárbaras. Una vez la profesora, que alentaba sospechosamente mis dotes de bailarina “exótica” tuvo que irse en mitad de la clase, dejando el curso en manos de una de sus alumnas avanzadas, Naomí. Ese día, yo aprendí. Esa chica contorneaba mejor sus caderas, entre silenciosa y expectante era mucho mejor que la que oficiaba de profesora. Ese día era nuestra octava clase, y así que como era de preveer, nos fuimos con Xm para nunca más volver. Pero en nuestras palabras de salida, entre besos finales, le agradecimos a Naomí sus buenas dotes de maestra. Nuestras vidas transcurrieron, seguimos hablando de nuestros novios, de nuestros planes a futuro, pero siempre la imagen de esa chica volvía a nuestra retina, en gesto de gratitud.

Nuestra casa era enorme, antigua y servía a los fines de aunar a la muchachada, a la hermandad que eran los amigos de esos tiempos. El novio de XM y su amigo vinieron una noche con un plan prometedor: filmar una película porno argentina. La productora les daría el dinero, XM y yo intentaríamos derribar los mitos masculinos del género, escribiendo en parte el guión. Nada de cachetadas en la cola, ni tacos aguja, ni uñas esculpidas. No,  igualdad de placer en un género impenetrable a los grandes cambios de paradigma.

Esa noche, abismados por el alcohol, miramos unas diez películas XXX argentinas. Buscábamos actores y actrices. Sabíamos lo que queríamos. En la última película, si la memoria no me deja a pata, Haciendo dedo, en una prolongada escena de sexo oral, una muchachita tímida pero bien gauchita llamó nuestra atención: si, Naomí.
Creer o reventar Naomí, en hebreo significa “la que lleva consuelo”...

2 mar. 2010

Happiness


De los interminables días de pereza quedan las migas. Este día fue uno de esos en los que se cifra un antes y un después. Días de valentía. Es que una a veces es tan tolola que se somete a su propia idiotez y descree de todo. Hoy, recuperé confianza, che. Estoy feliz. Hoy no podré decir, le encontrás el gusto a las derrotas y paradójicamente te volvés invencible, como me confió alguna vez Akira. Hoy, las cosas salieron bien. Hoy, todos los caminos parecen encontrar su cauce. Hoy, ¡soy invencible!
Gracias Lou Lou y Mirta, esas charlas no se las lleva el viento. Gracias a la amiga blogger que le pone garra desde su mail.
Se terminó el día pero quiero decir otra vez, este blog cumple un mes. Segundo mes. Para celebrarlo con quienes lo merecen, en este acto precario y simbólico quiero arrojar los guarismos, separando por ternas:

1) Electra, inquebrantable, inextinguible, indestructible en su primer lugar. (foto de post)
2) Mirta en Liniers y DeVezEnCuando, bastante más lejos, auxiliando desde el segundo puesto.
3) dondelohabredejado, ::♥ Sol ♥:: y Petardo Contreras, pisándoles los talones a los segundos.


A todos, gracias por dejarme hacer la plancha en el aire!

26 feb. 2010

Chancho friendly!

Habíamos salido de vagabundeo errante y largo. Unas vacaciones que comenzaban – pasados los límites de nuestra soberanía – en Bolivia. Habíamos viajado veintisiete horas hasta Jujuy, sí, sí, por tierra. Con la benemérita suerte de cambio de micro en Tucumán por desperfectos técnicos, con la desgraciada circunstancia que desde Liniers – y eso que habíamos salido de Retiro – el aire acondicionado se había roto. Esto, más los olores pestilentes y repentinos que afloraban de ciertos bajo-vientres, conformaban un buen prólogo de lo que vendría después. Al llegar a La Quiaca, nos anuncian unos angelitos vendedores de coplas que se vendría un gran paro nacional de transporte en Bolivia, que duraría al menos tres días. Sí, sí, créame. Incluso, si yo fuera creyente juraría que fue cierto. Caminamos hasta la frontera con Bolivia y seguimos de viaje, sin escalas, unas dieciséis horas más de hostilidad rutera: cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo, pensé. Tal vez, porque se saca más lamiendo que mordiendo, el chofer tuvo la feliz idea de hacer una parada en horas de madrugada y nieve. En la parada cinco o seis cholas revolvían sus guisos ante la lánguida luz de unos faroles a garrafa. Quise un tentempié, y pregunté de qué eran esos sánguches que estaban a la venta. La señora dijo: solito aceitunas. Miguel, Miguel, no tienes colmenas y vendes miel, pensé.
No se veía nada. Una noche partida por un par de estrellas agónicas.
Una de mis compañeras de ruta se sentía muy mal, estómago revuelto y contorción. La acompañé al “baño”, pensé en algo así más valen amigos en la plaza que dineros en el arca. Entramos a unas tienditas que oficiaban de baño. Ella en una. Yo en otra. Antes que el gallo diera las diez, mi amiga soltaba el ave maría por culo. Yo como buena cazadora a la que no se le escapan las palomas, me bajé mi prenda íntima y me procuré embocar el pipí en un hoyo corroído por los restos de otros. Pero en esas, como evidencia de un destino testarudo, un ser de más talante, sopesó culo veo, culo quiero. Y tal fue mi suerte y su deseo que, en el preciso instante en el que el chorrito de pis se deslizaba corriente abajo, una lengua espesa de lija recorrió toda la raya de mi culo. Porque más vale mujer prudente, que fuerte, giré la cabeza, con mi culo en alza como toda metralleta y lo ví. Un chancho inmenso se relamía extasiado el néctar de mis esfínteres. Ahí me pregunté ¿la culpa la tiene el chancho o el que le da de comer?

22 feb. 2010

El club de los suicidas

Tengo mucho trabajo por hacer pero ningún órgano a tono que pueda relevar la tarea. No quiero hacer nada. De hecho, hacer nada me fascina. Nada. Nada de nada. Seguiré especulando con eso de que el año calendario aún no comenzó. Se impone el fin de mes. Se impone un ejército de horarios por cumplir. Pero no tengo ganas de hacer nada. Aunque sé que tengo que volver a calentar los motores, a darle un envión a esta vida perezosa. Voy a hacer esto:  seguir escribiendo lo que empecé y para eso necesito juntar pedacitos de historias de oficina. Testimonios. Testimonios de una vida que suele ser más imaginable que la mía. El pedido empezó a cobrar sentido ayer cuando Martín me relató su propio burn out (síndrome del quemado) y ahora mi voracidad depredadora de historias pide más. Más. Quiero burn out, ataques de pánico, síndrome del cubículo, mareos, propuestas indecentes, ascensos, renuncias, disfunciones sexuales por stress laboral, estados de shock, diarrea nerviosa, liderazgo inadecuado, insomnio, hipertensión arterial, infarto al miocardio, conductas antisociales, psicosis severas, karoshi.
Si, se que podrá sonar áspero el asunto pero tengo que escribir eso. Ya dí mi palabra. Dejo, a modo de ejemplo, una historia real que sucedió en japón. Nada tiene que ver con oficinas pero también me entusiama la frustación ahogada que lleva a algunos al suicidio.
Suicide Club: 54 chicas se tiran a las vías del tren. Pero este suceso es sólo el principio de lo que parece ser una serie de suicidios en cadena por todo Japón. ¿Tendrá algo que ver el nuevo grupo musical Desert? El detective Kuroda intentará encontrar la respuesta, que no resultará tan sencilla como él desearía... (FILMAFFINITY) ver video

Martín ..... dice:

Yo tuve un burn out, ataques de pánico, mareos, en realidad fue paulatino, sentía que me moría y era cada vez mas grave como consecuencia del stress laboral, a veces sentía que me iba a morir de un ataque al corazón. Al principio no se lo conté a nadie porque pensé que era pasajero pero empezó a pasarme todo el tiempo. Iba en el subte y pensaba que descarrilábamos o que explotaba todo, y era pánico, todo generado por mi cuerpo, nada más. Una vez vomité en el medio de una reunión muy importante. Quise decir algo y vomité.
Otra vez estaba haciendo un informe y pensé que había un terremoto o un temblor. Veía que el piso se movía o que el techo se caía.  Fue horrible hasta que llegó un punto en que no podia más y fui al médico. Me hizo mil estudios y no tenia nada, estaba pasado de presiones y de trabajo. En un año habia engordado 10 kilos! Entonces el médico me dijo así de una: stress. Encima yo estudié para sommelier y ese año tome mucho alcohol como para silenciar la caída….
Ahora? Estoy bien, ya pasó lo peor.

18 feb. 2010

¿Tengo poderes?

Tomé por Oro. Ya lo había hecho unas dos veces más: repetición de un trayecto. En la primera, llovía. Bajé del subte, comprobé que las duplicaciones eran parte de mi vida: me dejé en el subte el paragüas. Caminé bajo la lluvia con el recuerdo presente de alguien que alguna vez había dicho “corir bajo la lluvia”, porque era francés y todavía no se llevaba bien con el castellano ni con las “e” ni con las “erres”. En la segunda, tomé para el lado contrario, y el pensamiento anduvo encorsetado en el recurrente fastidio de alguien que se pierde entre las calles. De hecho, esta vez fue diferente. Mientras caminaba esas cuatro cuadras por Oro, un pensamiento me tomó por asalto “Gaudio y Kloosterboer. Esas fotos en las que salieron en diciembre. Sí, esas fotos… En las que se los veía sonrientes desde la ventana de un bar. En las que se hablaba de rumores de reconciliación. A la vista de todos, Marcela y el Gato, recuperando el tiempo perdido. ¿Irían a un bar para que todos los vieran? Para mostrarse. Para molestar a sus ex: para cantar “pri” a modo de venganza… Porque las fotos quedan fijadas a la retina de quién las mira, lo sabemos. Porque son evidencias. Pruebas de vida. Los dos sonrientes, tomando café en un bar…”
Al terminar Oro, ahí por detrás de la Rural, Cerviño hace una pancita de menos de una cuadra. Confiada en el camino, esta vez mis pensamientos seguían haciendo desfilar imágenes de ese amor o de esa mentira. Que el “Gato” esto y aquello… Y en esas, pensando durante cuatro cuadras en Gaudio, ¡zas! golpe certero de realidad: mi paso se interrumpe ante una mesa en la puerta de la confitería “Nucha”. En la mesa, sonriente, tomando café con un fulano: Gaudio. CANCHERO…. una sonrisa de dientes blanquitos … CANCHERO … Presa del shock, frené horrorizada, lo miré entre estremecida y desconcertada. Si, era él. El mismo que había venido conmigo estas cuatro cuadras. Ahora, frente a mí. Ahora, sonriente. Ahora, sentado, tomando café. Y me quedé ahí, prolongando un stop durante cinco segundos, sin pestañar, sin comentar que el producto de mi sorpresa, con las manos abiertas, temblando, era otro. Gaudio, presumiendo, tal vez, que el stop era el gesto descabellado y acostumbrado de una de sus fans, accedió entre CANCHERO y gauchito a darme la mano, a traerme hacia su cuerpo, a darme un beso en la mejilla.
Llegué a casa y busqué las fotos de aquel romance furtivo de café. Quería comprobar si las fotos estaban tomadas en el bar por el que yo había pasado esa tarde. Sí, quería pruebas. Releí una nota: “esta vez, el lugar elegido fue el Café Martínez, situado en la esquina de Oro y Libertador, cercano a los domicilios de ambos, donde cada uno llegó por separado para luego sí compartir una mesa. Allí, en ese atardecer porteño, hubo risas y miradas cómplices, como si el tiempo se hubiera suspendido”
No, no era el mismo bar. No, era café Martínez. De todos modos, Gaudio era Gaudio.

¿Existe alguna posibilidad, por pequeña que sea, de haberlo sentado en el café a fuerza de pensamientos recurrentes?

15 feb. 2010

Vol. II. Flower Power

En el día de la fecha, se da por cerrada la votación de Hombres que NO Vol. II. Los guarismos oficiales arrojan los siguientes datos, a saber:
El jogui: dos votos (2)
El hippie que comía flores de la calle y hacía jugo de una mandarina: seis votos (6)
El violinista que dejó la música de cámara y puso un pelotero: seis votos (6)
El niño militante que fue a comprar forros y terminó detenido: dos votos (2)
El Brad Pitt bostero de La Boca: un voto (1)
El galán secundario de "Culpable de este e este amor": dos votos (2)
Dado un nuevo empate, y sin ánimo de extender los sufragios, la historia que comienza es la del hippie que comía flores de la calle y hacía jugo de una mandarina.


Día I

-Mirá, prestá atención, él es el que nos sacó todas las chicas del secundario. Te lo presento, Amalfi. - me dijo Cuevas en un tono de resignación y de desafío.
-Hola! – dijo Amalfi, entre risas.

Lo que vino después fue un repertorio de tragos, preguntas de conocimiento general, un poco personales y un poco al voleo.
Amalfi, Cuevas, Cassaretti y Chavez eran amigos desde el secundario. Menos Amalfi, el resto eran de esos amigos con los que salíamos casi todos los fines de semana, allá por los veintipocos años. El derrotero abarcaba, fiestas, cumpleaños y bares, de los que por lo general nos echaban rápido porque el cinismo, la ironía y el desenfado de los muchachos era difícil de sobrellevar.
Algunas veces nos íbamos de raje de los bares sin pagar, otras, el robo menor de alguna botella de vodka en alguna fiesta nos hacía precipitar la fuga. Entonces, nos subíamos al auto de Cassaretti y enfilábamos para otra. Siempre llevábamos una lista de planes B y C, para seguir toda la noche, yendo y viniendo, casi siempre borrachos, casi siempre a los gritos, pero nunca pelea de puños.
Incluso, una vez, de lo empinada que andaba, me hice pis en el auto de Cassaretti y tuve que bajar con la campera en la cintura para que nadie decretara mi expulsión del grupo.
A veces, perdíamos a alguno en el camino, y al llegar al nuevo lugar de saqueo notábamos su ausencia, y aunque el grupo era revoltoso, armábamos un comando solidario, dos o tres al auto y a buscarlo. A veces, sin éxito, porque el tipo se había perdido en la noche detrás de las faldas de alguna señorita o porque en lugar de ir al plan B, estaba en el C. De todos modos, si bien la solidaridad no era bien vista, al día siguiente, si el tipo no había dado pruebas de vida, hacíamos cadena telefónica hasta encontrarlo.

-Vení, vamos a bailar, que este tema me gusta! – dijo Amalfi, tomándome de la mano.

Y fuimos.
Para mi sorpresa, Amalfi, tenía un modo de bailar que era lo más parecido a estarse quieto y hablar, entonces dada su altura y su estatismo, yo revoleaba como un colibrí alrededor de ese yuyo largo, sin éxito.

- Sabés que un día me compré una coca, yo gaseosa no tomo, no me gusta darle plata a los imperialistas de turno, pero ese día no había otra cosa en el quiosco, destapo la botella y posta que me gano una entrada para ver a los Stones. ¿Qué loco, no?- me dijo Amalfi, mientras yo bailaba algo de los Stones, y pensaba “estos hippies tienen una suerte”.

La noche siguió entre los dos, siempre interrumpida por los amigos que venían a desarmar lo que ellos mismos habían creado. Hasta que Amalfi me dio un beso y empezó lo nuestro.
Un año después cuando me puse muy de novia con Chavez, sabría que él al vernos besar a Amalfi y a mi había salido corriendo de la fiesta a vomitar de parado contra un árbol.
Pero esa noche y en esa fiesta, Amalfi me invitó a su casa y yo me negué un poco porque tenía muchas ganas de irme con él y otro poco porque los amigos estaban insoportables y era mejor verlo con más calma en otro momento.

Día II

Amalfi me llama por teléfono, eran épocas en las que los celulares eran para los hombres de negocios, no para hippies o artistas.
Fuimos a un bar, nos tomamos todo lo que pudimos pero el frío era un mal amigo de los encuentros, así que él ofreció seguir la velada en su casa porque tenía estufa. En general, los pretextos, sobran.
Ya en su casa, el encendió la estufa, mientras ofrecía algo para tomar.

- Querés un té? – dijo.

- Odio el té, a menos que no sea té de té… ¿tenés algún otro?

- Te puedo hacer un jugo de mandarina. Te cabe? – dijo él haciendo uso de una jerga bien hippistrela.

- Dale! – dije yo, sabiendo que un jugo era poco alentador en medio de tanto frío.

Mientras él en la cocina hacía lo propio, yo recorría el living mirando unas mil fotos que colgaban de unas soguitas. Él era fotógrafo, yo lo sabía. Lo que no entendía era el por qué de tantas fotos de chicas. Todas lindas, todas mujeres. Ni una sola foto de un gato, de un paisaje o un primer plano de algún engranaje extraño. No, chicas y más chicas. Todas lindas. Entonces le cedí paso a una disgresión fallida, "quiénes serán todas estas. Estarán vivas. Terminaré retrada a la vista de otra que entre y piense lo mismo?"

- Hay un catálogo, si querés ver las de obras de arte – dijo desde la cocina tal vez advirtiendo mi padecer.

El catálogo estaba reseñado por apellidos de familias, casi todas patricias, familias que tenían en sus casas cuadros de Spilimbergo, Alonso, Castagnino, Pettorutti, Forner, Quinquela Martín y más. Cuadros hermosos para unos pocos. Eso hacía Amalfi en ese momento, sacar fotos de obras de arte. Y le iba bien.
Él tomo su té y yo los dos centímetros de jugo de mandarina que me había hecho. Los dos sentados en el pasillito que daba a la cocina. Los dos a un metro de la tiro balanceado que sólo daba calor en ese cubículo.
Nos besamos. Y nos fuimos a la cama, entre comentarios difusos de cómo hacía el jugo de mandarina.

- Las pelo y las estrujo, pero no sale mucho jugo, el gusto es re-copado pero las naranjas son mejores – dijo como si ese dato no fuera de público conocimiento.

Ese día la pasé bien porque sus largos brazos y piernas y sus ojos azules, inmensos, eran una buena compañía.
Antes de irnos a dormir, y después de haber saciado nuestros apetitos carnales… el frío seguía presente.

- Querés un camisón? – me dijo Amalfi.

- Esta era la casa de mi abuela y todavía quedan muchas cosas de élla – agregó intentando amansar mi cara de asombro.

Y así fue, terminé con un camisón abrigadito que me llegaba hasta los tobillos, tal vez la altura era una cuestión de familia. Aunque me resultaba difícil imaginar una abuela tan alta.
A la mañana yo tenía que ir a trabajar y le pedí el baño para darme una ducha.
Uh, no, no podés bañarte está la ropa en remojo. No es de mala onda, eh...– dijo con una naturalidad hippie abusiva.

Entré al baño, al menos para lavarme la cara y vi toda la bañera llena de ropa, con el agua casi negra y un borde negro por encima del agua que sentenciaba que esa ropa ya hacía varios días que estaba en remojo. “Qué sucios son los hippies, pensé”.

Día III

Sabés que me hacés acordar mucho a una novia que tuve. Con la que tuve una historia heavy. Un día cogimos y ella no se dio cuenta que tenía puesto un tampón. Y cuando se acordó ya era tarde. La tuvieron que operar.– dijo Amalfi.

“Qué dejados son los hippies, pensé”.

Día IV

Andando por la calle, Amalfi me entrega una flor, chiquita, una fresia o algo así. La huelo y el olor no era estimulante.

- No, no es para oler, comela. Son ricas. – dijo mientras él se comía una. Y a medida que avanzábamos seguía cortando flores y comiendo.

“Qué imbéciles son los hippies”, pensé, mientras accedía a probar una flor fea y maloliente que tenía gusto a rabanito.

Día V

- Cómo te llamás? – le pregunté en un rapto de lucidez, al advertir que lo seguía llamando como sus amigos del secundario, por el apellido.

Amado. – dijo Amalfi entre risas, mientras sacaba una flauta traversa y se disponía a tocar.

Hasta el nombre era in extremis hippie: Amado Amalfi. Supe que era el día de irme, mis oídos no estaban dispuestos a escuchar más, menos aún el sonido meloso de la tan hippie flauta traversa.
Y ahí, se terminó el amor.

11 feb. 2010

Damier, otra vez en casa!

Volver de las vacaciones es casi lo mismo que comenzar otra vez. y aunque parezca estúpido o banal, me fuí a Punta, man.

Cinco amigas, en un yate, entre Pilsen y chivitos, de hombres, nassinnn. De las perlas idiomáticas hicimos un bi-repertorio gracias a nuestra amiga Lou Lou que a fuerza de insistencia nos pegó:

“damier”y “nassinnn”.

Ejemplos: Me quedó el culo como un mandril, ¡qué damier!
                En esta playa no hay nassinnn de onda.

Damier Nº 1: Colonia de Garquitas

En estas hermosas fotos vemos a los pichones de garcas y sus mini-veleros.





Damier Nº 2: Mi nombre es todo lo que Tengo

Se ve que en Punta está super "in" poner el nombre propio bien grande para que todos lo vean, nassinnn de nombres de fantasía.




Damier Nº 3: Si no es Casa Pueblo, el arte nos importa una Damier!
Nassinnn de mural


P.D.: Por si algún papa freída no votó, pueden leer el post anterior y votar el siguiente post de Hombres que NO Vol. II.


1. El Hombre Perro.
2. El Brasileiro que era igual a Meolans pero negro.
3. Techesco.
4. El Pelado que tenía una radio.
5. El Hombre más peludo del mundo.
6. El odontólogo standart.
7. El jogui.
8. El hippie que comía flores de la calle y hacía jugo de una mandarina.
9. El violinista que dejó la música de cámara y puso un pelotero.
10. El cheto de Paraguay y Bonpland.
11. El niño militante que fue a comprar forros y terminó detenido.
12. El Brad Pitt bostero de La Boca.
13. El galán secundario de "Culpable de este amor".

3 feb. 2010

Mis 13 Hombres que NO!

Amigos míos, me alejaré de este país por unos días, ciertas cuestiones de fuerza mayor me llevarán en alza por las costeras aguas del paíshermano: Uruguay... Y en un yate! Como una conejita de Playboy sin el viejo ese que me sobe el lomo. Tomá mate!
Nada me pertenece eso está clarísimo pero ofertas así no se discuten. Y eso que, aunque no lo crean, me negué como una tonta camorrista: que esto sí que esto no....
Pero como estoy a punto caramelo con los post, y como resulta que se viene Hombres que NO. Vol. II lanzo a la incandescente blósgfera la siguiente "medición de tendencias":
La idea es votar cuál de estos olvidables Hombres que NO, llenan el post II:
(Recuerden que todo es 100 % real! UNCESORED!!!)










  1. El Hombre Perro.
  2. El Brasileiro que era igual a Meolans pero negro.
  3. Techesco.
  4. El Pelado que tenía una radio.
  5. El Hombre más peludo del mundo.
  6. El odontólogo standart.
  7. El jogui.
  8. El hippie que comía flores de la calle y hacía jugo de una mandarina.
  9. El violinista que dejó la música de cámara y puso un pelotero.
  10. El cheto de Paraguay y Bonpland.
  11. El niño militante que fue a comprar forros y terminó detenido.
  12. El Brad Pitt bostero de La Boca.
  13. El galán secundario de "Culpable de este amor".
P.D.: aprovecho para agradecer el primer mail recibido a la bandeja de entrada de este blog: gracias P. (que no es gracias, Piero!)