28 mar. 2010

Mentiras Verdaderas


Ayer fui a la ópera. Entre camarines, una hora antes de la función, gente con unos trajes portentosos, pestañas postizas, bucles de confección, tacones, canas del Billiken, barbas soldadas con plasticola.

En la obra había músicos, bailarinas y cantantes. En el revuelo de la previa, entre piernas enderezadas por arriba de las orejas, voces en calentamiento, y movimientos de partituras pasadas con saliva, estaba yo, testigo silencioso de una extraña evidencia. ¿Qué los lleva a estos tipos a tramar tamaña empresa?

Fui una hora antes, para llegar a tiempo sin pagar entrada, y no es que yo sea de las que disfrutan especulando con razones de incierta procedencia, no, no tenía plata.

De hecho, si algo aprendí de mis nuevos días de pobreza, es eso. Mirar unos segundos al vigía que intentará evitar por todos los medios mi entrada, descubrir en sus gestos adustos las pistas de mi pase final. Estar alerta y no dejar tiempo muerto para las sospechas. Soy fotógrafa, dije, mientras el tipo hablaba por teléfono sin poder evitar mi irrupción. El alivio duró hasta la segunda fase, en donde un ser de dudosa naturaleza  interceptó mi bajada a camarines. Nunca hay que dudar. Sabemos que a la gente le gusta la pasta del campeón. Repetí la mentira, pero el tipo con dotes de bataclana, extendió su brazo, configurando una valla infranqueable. Agregué, estoy llegando tarde, la sesión era a las 19 hs. Elevé su brazo, su boca se abrió como un paréntesis vacío, y pasé, sin darle tiempo a refunfuñar nada.

Y es por eso que pensé, que una mentira verdadera es justamente la que encierra en su causa la verdad, con medios poco respetables.

A usted, lector, le pregunto ¿cuál es su mentira verdadera digna de ser contada?

21 mar. 2010

Boby - El violinista que dejó la música de cámara y puso un pelotero.Vol. III

Boby, había confesado su pasión por la música clásica, su paso por algunas notables orquestas de la ciudad, su especialidad: el violín. Boby estaba en una época de cambios, de borrón y cuenta nueva, había dejado el violín, había asumido que el violín se tocaba bien o no se tocaba. Había confesado que él era malo, que ya no podía, que ahora iba a intentar olvidarlo, apagarlo. Fade out del violín y punto. Yo intenté en vano, volverlo a sus fuentes, que el violín mal tocado en chacareras podía andar. Detesto la chacarera – dijo, y supuse que la cosa iba más lejos.
Me dijo que le gustaba mi voz, mi sonrisa y que quería conocerme. La lista era modesta, pero pensé que con un poco de charla podíamos encontrar algo más en común que mereciera un futuro encuentro.
Durante esa semana, Boby llamó a casa varias veces, su humor a secas, su seriedad, su sensatez, también su insistencia, pusieron fecha a la cita esperada. Yo, estaba en una época de apertura pero a la vez, de poca paciencia. Entonces supuse que conocer a Boby encajaba en el plan B, que el plan A bien podría ser ver una película que yo quisiera. Aceptó.
Mi cultura mercenaria iría más lejos aún. Mi amiga Mirta en Liniers se sumó a la salida, sin que él lo supiera. Así que fuimos con Mirta al cine, yo sacaría las entradas y lo esperaría, el llegaría sobre la hora porque vendría con el tiempo justo de trabajar.
Con Mirta, y las tres entradas en la mano, intentamos hacer foco en algunos de los presentes, que como nosotras esperaban en la puerta del cine. Un gordo pelado y sudado. Un alto delgadísimo, vestido como para una fiesta de quince en 1987. Un anciano, plegado sobre su eje con bastón. Un Pappo de cuarenta largos, tintura recién echa y campera de Kiss. Los cuatro, celular en mano. El futuro era descorazonador. Afortunadamente Boby me llama y anuncia su llegada en diez minutos. Mirta dice que por nada del mundo se perderá las publicidades o los avances de otras películas. Subimos a la sala. Mirta entra y se sienta varios asientos adelante. Yo espero al lado de la chica que corta las entradas. Pasan unos intensos diez minutos… Boby avanza con pasos raudos, me da un beso. La decepción ahoga mi sonrisa, pero evito ser ingrata, le doy charla, nos sentamos. Comienza la película. Entre sombras Mirta gira la cabeza y mira al tipo en cuestión. Eleva su pulgar. Lo aprueba. Yo deseo con fuerzas que la película aumente mis ganas, descendidas a cero.
La película dura dos horas, es francesa, y puro diálogo. Mala elección. Dos horas en silencio con un desconocido. Sin palabras que medien el encuentro. Salimos. Yo quiero tocar algún botón y hacer la Gran Houdini. Pero pienso en eso de la ingratitud y me la banco.
Salimos, Mirta se acerca y nos saluda. No está sola, está con mi otra gran amiga Lou Lou, que la vino a buscarla a la salida. Presentación, Lou Lou, Mirta, él es Boby. Lou Lou, dice algo así “la noche no está tan mal” código interno en clara alusión a Boby. Boby ausente busca el botón, es él ahora quien quiere desaparecer en la inmensidad de la noche.
Las chicas se van de tragos a un bar. Las veo alejarse. Me iría con ellas. Pero pienso darle a Boby otra oportunidad. Le cuento que a diez cuadras hay un bar bonito en el que un pianista toca jazz. O que podemos ir a la confitería esa de la esquina del cine, que es fea como cualquier confitería del montón. Prefiere la opción dos, yo ya veo que la decepción es compartida y me alivio.
Entramos, supongo que un poco de alcohol podrá liberar tensiones. Le doy dos horas de changüí.
Se acerca el mozo, él pide un exprimido y un tostado, a la una de la madrugada. Yo me pido una cerveza grande, para que vea que en ciertos momentos, el exprimido es un juego de niños.
El quiere saber más de mí. Estamos en Caballito, en el barrio de toda mi vida. Entonces le cuento mis mejores historias de infancia y también algunas mariconadas de adolescente. El me dice cosas bonitas. Mi cerveza va desapareciendo, la hora está llegando a su fin. El intenta un último envión, cuenta su vida. Que de violinista de filamónica ahora está en vías de cambio. Que su malestar con el violín no tiene límites, que dejarlo en un rincón, borrarlo de la memoria es lo que queda. Que ahora viendo las vetas comerciales de su sala de ensayo se pondrá un pelotero. Que los niños no son lo suyo, pero que la decisión está tomada. Elevo mi último sorbo de cerveza para ahogar los dos o tres bostezos que no quiero evidenciar. Le digo que me tengo que ir, que al otro día debo levantarme al alba. Salimos, ante su mirada de estupor, la lluvia comienza a largar sus primeras gotas. A veces cómo es la naturaleza, ¿no?, que se empeña en demostrarnos que está presente, pienso. Boby intenta nuevos piropos, creo que asume que la batalla está perdida. Yo paro el primer taxi que se acerca. Me dice que no me vaya sola que me acompaña hasta la puerta de casa. No, yo no quiero escenas en la puerta. Quiero suprimir la despedida, perderme en la noche y olvidar a tiempo.
Subo al taxi. La lluvia comienza a caer con ganas. En plenas vacaciones, una lluvia fuerte de verano…Boby, con la lluvia rodando por su impecable atuendo, abre los brazos, en señal de pregunta. Le indico al taxista la dirección, no puedo verlo más así. Boby me da una pena infinita. Pero no puedo hacer otra cosa. A veces, es lo que hay. El semáforo corta justo cuando el taxista intenta acelerar. Nos quedamos así: Boby, en la lluvia impasible, gotas que caen sobre esa roca caliente, pienso. Boby, abandonado, el auto que acelera. Y ahí sin mediar más empiezan los acordes de la canción...



Gracias a Ménage, que me indicó las artes necesarias para subir el video.
Gracias Dondeló, que insistió con sus votos para que esta lamentable historia salga a la luz.
Dedicado a Mariano, quién bajó el telón de un blog que amaba.

15 mar. 2010

Tú eres Héctor...

Habíamos ido al cine a ver un documental con mi amigo N. Una película del poeta Néstor Perlongher. Su vida, su militancia en el Frente de Liberación Homosexual, su obra. La película se está pasando en estos días en el Malba, se llama Rosa Patria, dirigida por Santiago Loza.
Me gustó la película por su tono de humor, por su simpleza, por su dolor sin golpes bajos.

Al salir, intentamos alejarnos lo más posible de esa zona de burguesía y familias patricias, sin éxito. La caminata selló su destino en la calle Santa Fé. Entramos a un bolichito de comida regional, pedimos empanadas y cerveza, sí, N hubiera preferido vino, que combina mejor con las empanadas y cosas por el estilo, pero aceptó sin reparos en tomar cerveza. En esas, se acerca un señor, el mozo, estableciendo la rutina repetida de todos los mozos, “¿van a pedir?” “buenas noches, ¿ya saben qué van a pedir?” “¿les traigo la carta?… N, sugirió eso de pedir empanadas. Yo hubiera elegido mirar la carta, pero ciertas concesiones con los amigos se agradecen, así que acepté sin censuras su sugerencia. Al mirar al mozo, como un chorro de soda, se me escapa un “¡usté es el de la foto de Marcos López!” con la felicidad instantánea de una sonrisa indestructible, experimenté un impulso devorador por saberlo todo. El señor, Héctor, sonrió también. Tal vez se sintiese halagado por esa pequeña fama que debe de haber experimentado en el bodegón., con otros como yo, que entre locros y tamales, encontraban el eslabón perdido. Sí, me volví abusiva, le pregunté todo, hasta que decididas, las empanadas nos devolvieron a la intimidad de a dos, mi amigo N y yo.
Supuse que Héctor respiraría aliviado, que volvería a la práctica, al frotado de vasos, al servicio con los pocos comensales de las otras mesas que no advertían que él era él. Pero no, Héctor estaba dispuesto a más, me tocó el hombro, con reservas y mucho respeto y me llevó a pasitos de mi mesa, en dónde estaba colgada en tamaño póster de películas, esa foto de la hablábamos, con reseñas de diarios y revistas. Un pequeño santuario que le recordaba una y otra vez, que él era Héctor, el de la foto de Marcos López. Después nos acercó a N y a mí, dos bonitos catálogos, gentileza del fotógrafo, para que degustáramos de más o para que las empanadas fueran buscando una plácida redención al calor de las fotos.

Al salir, N comenzó a describir algo que nunca alcancé a escuchar. Yo estaba lejos, en el recuerdo de la foto, en la coincidencia de que Marcos López se cruzara por tercera vez en mi vida a través de su obra. Entoces, una imagen clarita me toma por asalto, el capítulo – El sustituto – en el que Lisa Simpson enamorada de su maestro suplente decide invitarlo a cenar a su casa. Pero la señorita Hoover regresa a su curso anunciando con su aparición el fin de las clases del maestro. Lisa no pierde su afán por buscar a su maestro por todos lados, y descubre que el tipo dejaría la ciudad en tren. Cuando llega a la estación, se encuentra con él, le dice que estará perdida sin su compañía. Entonces el buen sensei, Bergstrom, toma una hoja de papel y le escribe a Lisa una nota de aliento, un mantra para los días sin sol. Cuando el tren se pierde lejos, Lisa lee: "Tú eres Lisa Simpson".

9 mar. 2010

¿Acaso sueñan las mujeres chiquitas con hombres gigantes?

¿No te dabas cuenta que era una provocación?

Cierta noche de verano, una amiga que ya no lo es, me invitó a una fiesta. En la fiesta ella conocía a dos o tres, y se escurrió entre risas conocidas, en la espesura de la noche. Yo, quedé ahí, conmovida por el ruido entre caras anónimas, sin nada que hacer. Pensé en esfumarme, en salir de raje de ese lugar. Pero la sed pudo más y me quedé. A veces, una circunstancia menor, releva los planes de un escapista confeso. A mi me pasa así. De pronto mi aparente estatismo silencioso, se transformó en acción. Un tipo hablaba de las tejas que quedan muy lindas en esos tipos de techo, que reemplazarlas, conseguirlas igualitas era tan difícil como sacarse la grande. Que de todos modos, las ausentes serían reemplazas, que no, que no valdría la pena llamar a un arquitecto. Que incluso en la terraza, la membrana estaba de maravillas. El tipo, en la cocina, señalaba con precisión los arreglos futuros de la casa. Yo, después de ver en la mesada duraznos,  una licuadora y un ron, le pregunté si podía preparar daikiris.

Para eso están. – dijo.

Me sentía mejor. Tenía algo que hacer mientras esperaba el retorno de mi amiga.

Un poco así como Marx decía que el hombre se realiza en el trabajo. Un poco así me empecé a sentir cuando los que entraban en la cocina se anotaban en la lista de futuros daikiris, cuando me preguntaban por las cervezas, los vasos, el baño. Un pequeño arsenal de saber que había amontonado mientras pelaba las frutas… mientras echaba el hielo, el azúcar, y la medida a ojo del ron.

De la primera tanda, no pude separar un vaso para mí, entonces me vi forzada con cierto agrado a repetir la tarea. Si, lo hice otra vez. Pero el cuchillo había cambiado de manos. Un nosequién altísimo se había sumado a pelar.

Me gustan las mujeres que hacen y callan. – dijo.

Me pareció un idiota más, lo di por muerto y fui a buscar más hielo. Al regresar, el tipo alto había pelado las frutas, había echado el ron y el azúcar. Faltaban los hielos y los sumé.

La mujer en la cocina, chiquitita, callada, qué placer...- dijo.
Mi mirada evitó cualquier comentario. El tipo alto sirvió varios vasos, separó dos, y se fue a repartir los restantes a los que bailaban en el patio. Ahí, ni antes ni después advertí, en ese gesto solícito de servir a los demás, que tal vez y a pesar de sus dichos, tenía algo que me gustaba.

Al volver, tomó los dos vasos que había separado, me miró, y sonrió con una sonrisa de soborno.

Vení, piba, vamos a la terraza ...– dijo, mientras esperaba una respuesta positiva de mi parte.

Lo seguí, un poco incómoda o confundida. Vi sus piernas largas subir de dos en dos la escalera a caracol, vi su nuca pelada, sus brazos lánguidos, la inmensidad de sus dedos abrazando los vasos.

En la terraza no había nadie. Nos sentamos, por sugerencia de él, en un techito de chapa y también por sugerencia de él, brindamos.

¿No te dabas cuenta que era una provocación? – dijo, después de probar el daikiri y pasarse la mano por la pera.

Advertí el juego. Me reí.

Después me contó que había nacido en Mendoza, que había estudiado en Córdoba y que desde hacía siete años había adoptado a Buenos Aires como ciudad para vivir.

Y después ... entre cigarrillos que él me ofrecía, miramos el cielo, y empecé a conocer los recorridos de su vocación. Me habló de las estrellas, señaló las constelaciones que se veían desde nuestro hemisferio, y de Galileo, Copérnico, de tal y tal, y mientras el cielo reservado, era nuestra mejor compañía.

Mi amiga subió a la terraza.

No te encontraba por ningún lado... - dijo, pero no a mi, sino a él. Comprendí que estábamos en esa fiesta por él. Que mi amiga quería con él.

¡Vamos!  – dijo, esta vez a los dos.

Entendí que debía descontar mi presencia de ahí. Bajé a buscar mis cosas. Al verme, unos que aplaudíeron, pedían más daikiris.

La chica del daikiri. – dijo alguien.

El hombre alto me siguió, me dijo que podíamos ir a su casa, a desayunar o a dar vueltas por ahí hasta que amaneciera. También a patear tachos.

Mi amiga nos asignó un lugar a cada uno en su auto. A mi me mandó atrás con otros dos a los que yo no conocía, a él lo sentó a su lado. Yo fui la primera en bajar. Saludé y me metí en mi casa. Otra vez, alguien que me gustaba se escurría de mi vista.

Tal vez esa fue la razón de más peso a la hora de distanciarnos mi amiga y yo. Y no tanto que ella no escuchaba o que era lo más parecido a una oligofrénica. Ella tenía con la gente ciertos títulos de propiedad y a pesar del trabajo acumulado entre frutas peladas y provocaciones, de la charla y las estrellas, el tipo alto era de ella. Y punto.

En esa época yo aún miraba tele. Al acostarme la encendí, y si hasta ahí la noche no tenía el mejor epílogo. Lo tuvo después, cuando en I-Sat encontré por desliz Buffalo 66. Esa fue la primera noche que la ví.

5 mar. 2010

Haciendo dedo...

De las inconfesables “actividades” que hacíamos con XM para darnos a la buena vida. (Conste que XM siempre fue así.) Una vez, ella se anotó en un montón de cursos de recreación para secretarias. Cursos Gratis. La idea en aquellos tiempos era esa, compartir más tiempo juntas haciendo algo placentero después del horario laboral.

Nos habíamos conocido en el trabajo. Ella era la del edificio de oficinas y yo la chica que hacía tal cosa en el local. Ella siempre fue muy atractiva y graciosa y además le ponía un empeño extraordinario a nuestra incipiente amistad. Yo, atravesaba una época de colección de amigas, así que una más o menos, no hacía a la diferencia. Pero ella insistió, debo admitirlo, y después de varios de sus chistes y de compartir las desventuras de los novios de entonces, nos hicimos muy amigas. Tan amigas que, cuando yo me tuve que ir de la casa en la que vivía, ella y Electra me recibieron en la suya. De ahí Electra, XM y yo en la casa blanca y luego, otra vez el dream team completo en la casa con avistamiento de ratones.

Una vez, XM nos anotó en un curso gratuito de ocho clases de danza árabe. Sí. Danza Árabe. Fuimos. Xm, prefería ocupar los lugares del fondo, adelante las avanzadas, en el medio, las intermedias. Tampoco eran tan sencillos esos movimientos de cadera, y sí, en la mitad de la clase, nos rajábamos unas risas bárbaras. Una vez la profesora, que alentaba sospechosamente mis dotes de bailarina “exótica” tuvo que irse en mitad de la clase, dejando el curso en manos de una de sus alumnas avanzadas, Naomí. Ese día, yo aprendí. Esa chica contorneaba mejor sus caderas, entre silenciosa y expectante era mucho mejor que la que oficiaba de profesora. Ese día era nuestra octava clase, y así que como era de preveer, nos fuimos con Xm para nunca más volver. Pero en nuestras palabras de salida, entre besos finales, le agradecimos a Naomí sus buenas dotes de maestra. Nuestras vidas transcurrieron, seguimos hablando de nuestros novios, de nuestros planes a futuro, pero siempre la imagen de esa chica volvía a nuestra retina, en gesto de gratitud.

Nuestra casa era enorme, antigua y servía a los fines de aunar a la muchachada, a la hermandad que eran los amigos de esos tiempos. El novio de XM y su amigo vinieron una noche con un plan prometedor: filmar una película porno argentina. La productora les daría el dinero, XM y yo intentaríamos derribar los mitos masculinos del género, escribiendo en parte el guión. Nada de cachetadas en la cola, ni tacos aguja, ni uñas esculpidas. No,  igualdad de placer en un género impenetrable a los grandes cambios de paradigma.

Esa noche, abismados por el alcohol, miramos unas diez películas XXX argentinas. Buscábamos actores y actrices. Sabíamos lo que queríamos. En la última película, si la memoria no me deja a pata, Haciendo dedo, en una prolongada escena de sexo oral, una muchachita tímida pero bien gauchita llamó nuestra atención: si, Naomí.
Creer o reventar Naomí, en hebreo significa “la que lleva consuelo”...

2 mar. 2010

Happiness


De los interminables días de pereza quedan las migas. Este día fue uno de esos en los que se cifra un antes y un después. Días de valentía. Es que una a veces es tan tolola que se somete a su propia idiotez y descree de todo. Hoy, recuperé confianza, che. Estoy feliz. Hoy no podré decir, le encontrás el gusto a las derrotas y paradójicamente te volvés invencible, como me confió alguna vez Akira. Hoy, las cosas salieron bien. Hoy, todos los caminos parecen encontrar su cauce. Hoy, ¡soy invencible!
Gracias Lou Lou y Mirta, esas charlas no se las lleva el viento. Gracias a la amiga blogger que le pone garra desde su mail.
Se terminó el día pero quiero decir otra vez, este blog cumple un mes. Segundo mes. Para celebrarlo con quienes lo merecen, en este acto precario y simbólico quiero arrojar los guarismos, separando por ternas:

1) Electra, inquebrantable, inextinguible, indestructible en su primer lugar. (foto de post)
2) Mirta en Liniers y DeVezEnCuando, bastante más lejos, auxiliando desde el segundo puesto.
3) dondelohabredejado, ::♥ Sol ♥:: y Petardo Contreras, pisándoles los talones a los segundos.


A todos, gracias por dejarme hacer la plancha en el aire!