21 mar. 2010

Boby - El violinista que dejó la música de cámara y puso un pelotero.Vol. III

Boby, había confesado su pasión por la música clásica, su paso por algunas notables orquestas de la ciudad, su especialidad: el violín. Boby estaba en una época de cambios, de borrón y cuenta nueva, había dejado el violín, había asumido que el violín se tocaba bien o no se tocaba. Había confesado que él era malo, que ya no podía, que ahora iba a intentar olvidarlo, apagarlo. Fade out del violín y punto. Yo intenté en vano, volverlo a sus fuentes, que el violín mal tocado en chacareras podía andar. Detesto la chacarera – dijo, y supuse que la cosa iba más lejos.
Me dijo que le gustaba mi voz, mi sonrisa y que quería conocerme. La lista era modesta, pero pensé que con un poco de charla podíamos encontrar algo más en común que mereciera un futuro encuentro.
Durante esa semana, Boby llamó a casa varias veces, su humor a secas, su seriedad, su sensatez, también su insistencia, pusieron fecha a la cita esperada. Yo, estaba en una época de apertura pero a la vez, de poca paciencia. Entonces supuse que conocer a Boby encajaba en el plan B, que el plan A bien podría ser ver una película que yo quisiera. Aceptó.
Mi cultura mercenaria iría más lejos aún. Mi amiga Mirta en Liniers se sumó a la salida, sin que él lo supiera. Así que fuimos con Mirta al cine, yo sacaría las entradas y lo esperaría, el llegaría sobre la hora porque vendría con el tiempo justo de trabajar.
Con Mirta, y las tres entradas en la mano, intentamos hacer foco en algunos de los presentes, que como nosotras esperaban en la puerta del cine. Un gordo pelado y sudado. Un alto delgadísimo, vestido como para una fiesta de quince en 1987. Un anciano, plegado sobre su eje con bastón. Un Pappo de cuarenta largos, tintura recién echa y campera de Kiss. Los cuatro, celular en mano. El futuro era descorazonador. Afortunadamente Boby me llama y anuncia su llegada en diez minutos. Mirta dice que por nada del mundo se perderá las publicidades o los avances de otras películas. Subimos a la sala. Mirta entra y se sienta varios asientos adelante. Yo espero al lado de la chica que corta las entradas. Pasan unos intensos diez minutos… Boby avanza con pasos raudos, me da un beso. La decepción ahoga mi sonrisa, pero evito ser ingrata, le doy charla, nos sentamos. Comienza la película. Entre sombras Mirta gira la cabeza y mira al tipo en cuestión. Eleva su pulgar. Lo aprueba. Yo deseo con fuerzas que la película aumente mis ganas, descendidas a cero.
La película dura dos horas, es francesa, y puro diálogo. Mala elección. Dos horas en silencio con un desconocido. Sin palabras que medien el encuentro. Salimos. Yo quiero tocar algún botón y hacer la Gran Houdini. Pero pienso en eso de la ingratitud y me la banco.
Salimos, Mirta se acerca y nos saluda. No está sola, está con mi otra gran amiga Lou Lou, que la vino a buscarla a la salida. Presentación, Lou Lou, Mirta, él es Boby. Lou Lou, dice algo así “la noche no está tan mal” código interno en clara alusión a Boby. Boby ausente busca el botón, es él ahora quien quiere desaparecer en la inmensidad de la noche.
Las chicas se van de tragos a un bar. Las veo alejarse. Me iría con ellas. Pero pienso darle a Boby otra oportunidad. Le cuento que a diez cuadras hay un bar bonito en el que un pianista toca jazz. O que podemos ir a la confitería esa de la esquina del cine, que es fea como cualquier confitería del montón. Prefiere la opción dos, yo ya veo que la decepción es compartida y me alivio.
Entramos, supongo que un poco de alcohol podrá liberar tensiones. Le doy dos horas de changüí.
Se acerca el mozo, él pide un exprimido y un tostado, a la una de la madrugada. Yo me pido una cerveza grande, para que vea que en ciertos momentos, el exprimido es un juego de niños.
El quiere saber más de mí. Estamos en Caballito, en el barrio de toda mi vida. Entonces le cuento mis mejores historias de infancia y también algunas mariconadas de adolescente. El me dice cosas bonitas. Mi cerveza va desapareciendo, la hora está llegando a su fin. El intenta un último envión, cuenta su vida. Que de violinista de filamónica ahora está en vías de cambio. Que su malestar con el violín no tiene límites, que dejarlo en un rincón, borrarlo de la memoria es lo que queda. Que ahora viendo las vetas comerciales de su sala de ensayo se pondrá un pelotero. Que los niños no son lo suyo, pero que la decisión está tomada. Elevo mi último sorbo de cerveza para ahogar los dos o tres bostezos que no quiero evidenciar. Le digo que me tengo que ir, que al otro día debo levantarme al alba. Salimos, ante su mirada de estupor, la lluvia comienza a largar sus primeras gotas. A veces cómo es la naturaleza, ¿no?, que se empeña en demostrarnos que está presente, pienso. Boby intenta nuevos piropos, creo que asume que la batalla está perdida. Yo paro el primer taxi que se acerca. Me dice que no me vaya sola que me acompaña hasta la puerta de casa. No, yo no quiero escenas en la puerta. Quiero suprimir la despedida, perderme en la noche y olvidar a tiempo.
Subo al taxi. La lluvia comienza a caer con ganas. En plenas vacaciones, una lluvia fuerte de verano…Boby, con la lluvia rodando por su impecable atuendo, abre los brazos, en señal de pregunta. Le indico al taxista la dirección, no puedo verlo más así. Boby me da una pena infinita. Pero no puedo hacer otra cosa. A veces, es lo que hay. El semáforo corta justo cuando el taxista intenta acelerar. Nos quedamos así: Boby, en la lluvia impasible, gotas que caen sobre esa roca caliente, pienso. Boby, abandonado, el auto que acelera. Y ahí sin mediar más empiezan los acordes de la canción...



Gracias a Ménage, que me indicó las artes necesarias para subir el video.
Gracias Dondeló, que insistió con sus votos para que esta lamentable historia salga a la luz.
Dedicado a Mariano, quién bajó el telón de un blog que amaba.