26 feb. 2010

Chancho friendly!

Habíamos salido de vagabundeo errante y largo. Unas vacaciones que comenzaban – pasados los límites de nuestra soberanía – en Bolivia. Habíamos viajado veintisiete horas hasta Jujuy, sí, sí, por tierra. Con la benemérita suerte de cambio de micro en Tucumán por desperfectos técnicos, con la desgraciada circunstancia que desde Liniers – y eso que habíamos salido de Retiro – el aire acondicionado se había roto. Esto, más los olores pestilentes y repentinos que afloraban de ciertos bajo-vientres, conformaban un buen prólogo de lo que vendría después. Al llegar a La Quiaca, nos anuncian unos angelitos vendedores de coplas que se vendría un gran paro nacional de transporte en Bolivia, que duraría al menos tres días. Sí, sí, créame. Incluso, si yo fuera creyente juraría que fue cierto. Caminamos hasta la frontera con Bolivia y seguimos de viaje, sin escalas, unas dieciséis horas más de hostilidad rutera: cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo, pensé. Tal vez, porque se saca más lamiendo que mordiendo, el chofer tuvo la feliz idea de hacer una parada en horas de madrugada y nieve. En la parada cinco o seis cholas revolvían sus guisos ante la lánguida luz de unos faroles a garrafa. Quise un tentempié, y pregunté de qué eran esos sánguches que estaban a la venta. La señora dijo: solito aceitunas. Miguel, Miguel, no tienes colmenas y vendes miel, pensé.
No se veía nada. Una noche partida por un par de estrellas agónicas.
Una de mis compañeras de ruta se sentía muy mal, estómago revuelto y contorción. La acompañé al “baño”, pensé en algo así más valen amigos en la plaza que dineros en el arca. Entramos a unas tienditas que oficiaban de baño. Ella en una. Yo en otra. Antes que el gallo diera las diez, mi amiga soltaba el ave maría por culo. Yo como buena cazadora a la que no se le escapan las palomas, me bajé mi prenda íntima y me procuré embocar el pipí en un hoyo corroído por los restos de otros. Pero en esas, como evidencia de un destino testarudo, un ser de más talante, sopesó culo veo, culo quiero. Y tal fue mi suerte y su deseo que, en el preciso instante en el que el chorrito de pis se deslizaba corriente abajo, una lengua espesa de lija recorrió toda la raya de mi culo. Porque más vale mujer prudente, que fuerte, giré la cabeza, con mi culo en alza como toda metralleta y lo ví. Un chancho inmenso se relamía extasiado el néctar de mis esfínteres. Ahí me pregunté ¿la culpa la tiene el chancho o el que le da de comer?