15 feb. 2010

Vol. II. Flower Power

En el día de la fecha, se da por cerrada la votación de Hombres que NO Vol. II. Los guarismos oficiales arrojan los siguientes datos, a saber:
El jogui: dos votos (2)
El hippie que comía flores de la calle y hacía jugo de una mandarina: seis votos (6)
El violinista que dejó la música de cámara y puso un pelotero: seis votos (6)
El niño militante que fue a comprar forros y terminó detenido: dos votos (2)
El Brad Pitt bostero de La Boca: un voto (1)
El galán secundario de "Culpable de este e este amor": dos votos (2)
Dado un nuevo empate, y sin ánimo de extender los sufragios, la historia que comienza es la del hippie que comía flores de la calle y hacía jugo de una mandarina.


Día I

-Mirá, prestá atención, él es el que nos sacó todas las chicas del secundario. Te lo presento, Amalfi. - me dijo Cuevas en un tono de resignación y de desafío.
-Hola! – dijo Amalfi, entre risas.

Lo que vino después fue un repertorio de tragos, preguntas de conocimiento general, un poco personales y un poco al voleo.
Amalfi, Cuevas, Cassaretti y Chavez eran amigos desde el secundario. Menos Amalfi, el resto eran de esos amigos con los que salíamos casi todos los fines de semana, allá por los veintipocos años. El derrotero abarcaba, fiestas, cumpleaños y bares, de los que por lo general nos echaban rápido porque el cinismo, la ironía y el desenfado de los muchachos era difícil de sobrellevar.
Algunas veces nos íbamos de raje de los bares sin pagar, otras, el robo menor de alguna botella de vodka en alguna fiesta nos hacía precipitar la fuga. Entonces, nos subíamos al auto de Cassaretti y enfilábamos para otra. Siempre llevábamos una lista de planes B y C, para seguir toda la noche, yendo y viniendo, casi siempre borrachos, casi siempre a los gritos, pero nunca pelea de puños.
Incluso, una vez, de lo empinada que andaba, me hice pis en el auto de Cassaretti y tuve que bajar con la campera en la cintura para que nadie decretara mi expulsión del grupo.
A veces, perdíamos a alguno en el camino, y al llegar al nuevo lugar de saqueo notábamos su ausencia, y aunque el grupo era revoltoso, armábamos un comando solidario, dos o tres al auto y a buscarlo. A veces, sin éxito, porque el tipo se había perdido en la noche detrás de las faldas de alguna señorita o porque en lugar de ir al plan B, estaba en el C. De todos modos, si bien la solidaridad no era bien vista, al día siguiente, si el tipo no había dado pruebas de vida, hacíamos cadena telefónica hasta encontrarlo.

-Vení, vamos a bailar, que este tema me gusta! – dijo Amalfi, tomándome de la mano.

Y fuimos.
Para mi sorpresa, Amalfi, tenía un modo de bailar que era lo más parecido a estarse quieto y hablar, entonces dada su altura y su estatismo, yo revoleaba como un colibrí alrededor de ese yuyo largo, sin éxito.

- Sabés que un día me compré una coca, yo gaseosa no tomo, no me gusta darle plata a los imperialistas de turno, pero ese día no había otra cosa en el quiosco, destapo la botella y posta que me gano una entrada para ver a los Stones. ¿Qué loco, no?- me dijo Amalfi, mientras yo bailaba algo de los Stones, y pensaba “estos hippies tienen una suerte”.

La noche siguió entre los dos, siempre interrumpida por los amigos que venían a desarmar lo que ellos mismos habían creado. Hasta que Amalfi me dio un beso y empezó lo nuestro.
Un año después cuando me puse muy de novia con Chavez, sabría que él al vernos besar a Amalfi y a mi había salido corriendo de la fiesta a vomitar de parado contra un árbol.
Pero esa noche y en esa fiesta, Amalfi me invitó a su casa y yo me negué un poco porque tenía muchas ganas de irme con él y otro poco porque los amigos estaban insoportables y era mejor verlo con más calma en otro momento.

Día II

Amalfi me llama por teléfono, eran épocas en las que los celulares eran para los hombres de negocios, no para hippies o artistas.
Fuimos a un bar, nos tomamos todo lo que pudimos pero el frío era un mal amigo de los encuentros, así que él ofreció seguir la velada en su casa porque tenía estufa. En general, los pretextos, sobran.
Ya en su casa, el encendió la estufa, mientras ofrecía algo para tomar.

- Querés un té? – dijo.

- Odio el té, a menos que no sea té de té… ¿tenés algún otro?

- Te puedo hacer un jugo de mandarina. Te cabe? – dijo él haciendo uso de una jerga bien hippistrela.

- Dale! – dije yo, sabiendo que un jugo era poco alentador en medio de tanto frío.

Mientras él en la cocina hacía lo propio, yo recorría el living mirando unas mil fotos que colgaban de unas soguitas. Él era fotógrafo, yo lo sabía. Lo que no entendía era el por qué de tantas fotos de chicas. Todas lindas, todas mujeres. Ni una sola foto de un gato, de un paisaje o un primer plano de algún engranaje extraño. No, chicas y más chicas. Todas lindas. Entonces le cedí paso a una disgresión fallida, "quiénes serán todas estas. Estarán vivas. Terminaré retrada a la vista de otra que entre y piense lo mismo?"

- Hay un catálogo, si querés ver las de obras de arte – dijo desde la cocina tal vez advirtiendo mi padecer.

El catálogo estaba reseñado por apellidos de familias, casi todas patricias, familias que tenían en sus casas cuadros de Spilimbergo, Alonso, Castagnino, Pettorutti, Forner, Quinquela Martín y más. Cuadros hermosos para unos pocos. Eso hacía Amalfi en ese momento, sacar fotos de obras de arte. Y le iba bien.
Él tomo su té y yo los dos centímetros de jugo de mandarina que me había hecho. Los dos sentados en el pasillito que daba a la cocina. Los dos a un metro de la tiro balanceado que sólo daba calor en ese cubículo.
Nos besamos. Y nos fuimos a la cama, entre comentarios difusos de cómo hacía el jugo de mandarina.

- Las pelo y las estrujo, pero no sale mucho jugo, el gusto es re-copado pero las naranjas son mejores – dijo como si ese dato no fuera de público conocimiento.

Ese día la pasé bien porque sus largos brazos y piernas y sus ojos azules, inmensos, eran una buena compañía.
Antes de irnos a dormir, y después de haber saciado nuestros apetitos carnales… el frío seguía presente.

- Querés un camisón? – me dijo Amalfi.

- Esta era la casa de mi abuela y todavía quedan muchas cosas de élla – agregó intentando amansar mi cara de asombro.

Y así fue, terminé con un camisón abrigadito que me llegaba hasta los tobillos, tal vez la altura era una cuestión de familia. Aunque me resultaba difícil imaginar una abuela tan alta.
A la mañana yo tenía que ir a trabajar y le pedí el baño para darme una ducha.
Uh, no, no podés bañarte está la ropa en remojo. No es de mala onda, eh...– dijo con una naturalidad hippie abusiva.

Entré al baño, al menos para lavarme la cara y vi toda la bañera llena de ropa, con el agua casi negra y un borde negro por encima del agua que sentenciaba que esa ropa ya hacía varios días que estaba en remojo. “Qué sucios son los hippies, pensé”.

Día III

Sabés que me hacés acordar mucho a una novia que tuve. Con la que tuve una historia heavy. Un día cogimos y ella no se dio cuenta que tenía puesto un tampón. Y cuando se acordó ya era tarde. La tuvieron que operar.– dijo Amalfi.

“Qué dejados son los hippies, pensé”.

Día IV

Andando por la calle, Amalfi me entrega una flor, chiquita, una fresia o algo así. La huelo y el olor no era estimulante.

- No, no es para oler, comela. Son ricas. – dijo mientras él se comía una. Y a medida que avanzábamos seguía cortando flores y comiendo.

“Qué imbéciles son los hippies”, pensé, mientras accedía a probar una flor fea y maloliente que tenía gusto a rabanito.

Día V

- Cómo te llamás? – le pregunté en un rapto de lucidez, al advertir que lo seguía llamando como sus amigos del secundario, por el apellido.

Amado. – dijo Amalfi entre risas, mientras sacaba una flauta traversa y se disponía a tocar.

Hasta el nombre era in extremis hippie: Amado Amalfi. Supe que era el día de irme, mis oídos no estaban dispuestos a escuchar más, menos aún el sonido meloso de la tan hippie flauta traversa.
Y ahí, se terminó el amor.

21 comentarios:

  1. te comenté en el otro post pero te repito: me acaban de reubicar speedy y ya he pasado casi 4 horas con riesgo de quedarme bizca, tratando de ubicar mis viejos marcadores que parece que a la interné no se le dio por guardarlos.
    besos!

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  2. estimada, Mirta. qué de mil demonios lo de la interné. pero como que la conozco tanto sé que usted intentará dar vuelta la rueda y transformarlos en hombres que SI, aunque sea durante el revolcón y no más...

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  3. Mirta, hoy que la veo de buen talante, a pesar de que el frío volvió a arremolinar a los mosquitos, sume alguna historia al fogón, que ya le di play a Richard Clayderman!

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  4. Noooooooooo!! Jajajaj por favor, jurame que esta historia es verídica! No puede ser... Y si lo lee y se reconoce en ella?? Te va a ir a buscar para romperte la flauta en la cabeza!!

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  5. Sol, 100 % real! Creer o reventar. No, no creo que se encuentre, vos decís que tiene pc?

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  6. Pa! Amado Amalfi no existis!

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  7. Wendy sabe qué, me pone una 44 en la cresta de la cabeza cuando dice "Nos besamos. Y nos fuimos a la cama, entre comentarios difusos de cómo hacía el jugo de mandarina". Dispare! Dispáreme! O me inmolo yo solito a 180 por la panamericana afeitandome el escroto con el pavimento calentito a 40º grados???

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  8. "Las pelo y las estrujo, pero no sale mucho jugo".

    Creo, coherentemente, que ése era el momento para huir. ¿Para qué esperar? Prolongarlo aun más sería una acto casi similar a sentarse a esperar la muerte en un balcón. Tomando un té verde. Y en ojotas.

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  9. Falto droga para que sea 100% hippie jajaja.
    Que historieta nena!!!
    Con el nombre Amado ya esta todo dicho!!

    Saludos

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  10. Anónimo, yo seré cualquier cosa pero es la primera vez que escucho que alguien tiene el escroto tan peludo!
    Algo así como un cobayito debajo del mástil?
    Ya tendrá su San Martín para que apriete el gatillo o para que le haga "tropetita"!

    Mariano, ya ve, lo mío son las agonías largas! Y el que diga que en ninguna ocasión cantó alguna de Vox Dei, que arroje la primera piedra!

    Petardo, la hubo pero a posteriori para acelerar el proceso del olvido!

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  11. Se me está acelerando el pulso, Wendy, usted me conoce? Yo pensé que lo de trompetita lo compartía sólo con mis queridas...
    No, no, ahora en serio, mire que que le saco el ID y se la juego de hacker hasta que las verdan ardan!
    Si me conoce (creo que entré en la cresta de la paranoia) sabrá que mi escroto está libre de pelos!

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  12. Anónimo, quédese tranquilo, de conocerlo ya estaría en la lista negra de Hombres que NO!
    Debo admitir que lo de "trompetita" fue un impulso que no pude reprimir... y me fui a la damier!
    Me deja en paz con lo de su escroto!

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  13. Jua jua jua juahhhhh!!! Yo al ver la ropa en remojo ya habría salido corriendo.
    Genial cómo lo relataste me hiciste morir de risa.
    Besitos.

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  14. Dondeló, es que una siempre va restando importancia al asunto, hasta que se da cuenta que "hay que tomar carrera para no volver"
    Gracias!

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  15. Ah, usted tiene una tenacidad admirable. Yo me siento una perra maldita, mi especialidad es huir despavorida, pero claro, no tendría semejantes anécdotas. (y eso que los años me volvieron un poquito más diplomática)

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  16. DeVezEnCuando, la tenacidad siempre fue uno de mis fuertes, junto con la paciencia y el olvido, pero en este espacio me estoy tomando revancha... porque el tiempo no sala las heridas pero las embellece un poco, no?

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  17. ¡Maravillosa historia! Me encantó.

    Saludos desde Mosterio.

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  18. Gracias, Mostro, lo tomaré como de quien viene...

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  19. Reitero, gracias, Mostro, entregarse a la lectura de tremenda parrafada es de una gentileza digna de un hombre de la bolsa como usted...

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